martes

Valencia tiene el corazón enfermo

Buenos días bloggeros,
queremos compartir con vosotros esta brillante reflexión que ha realizado nuestro compañero Antonio Marín sobre los centros históricos. Un tema sobre el que hemos hablado en infinidad de ocasiones y que en el caso de Valencia está a la orden del día por ir nuestra ciudad en contra de toda norma o lógica establecida. 
Entre las normas que nos solemos pasar por el arco del triunfo, además de la Carta de Venecia (1964) y la de Jardines Históricos de Florencia (1981) que tantas veces hemos citado aquí, incluimos la Carta de Washington (1987) para la conservación de ciudades históricas y áreas urbanas históricas.
De la misma destacamos tres puntos fundamentales para entender y solucionar el problema que está enquistado en el corazón de Valencia:
3. La participación y el compromiso de los habitantes son imprescindibles para conseguir la conservación de la población o área urbana histórica y deben ser estimulados. No se debe olvidar que dicha conservación concierne en primer lugar a sus habitantes.
4. Las intervenciones en las poblaciones y áreas urbanas históricas deben realizarse con prudencia, método y rigor, evitando todo dogmatismo y teniendo siempre en cuenta los problemas específicos de cada caso particular.
9. La mejora del "habitat" debe ser uno de los objetivos básicos de la conservación.
Partiendo del punto de que todos los conjuntos urbanos del mundo son el resultado de un proceso gradual de desarrollo, más o menos espontáneo, o de un proyecto deliberado, llegamos a la conclusión de que son la expresión material de la diversidad de las sociedades que pasan por las ciudades a lo largo de la historia.

Por eso mismo no debemos olvidarnos de que el patrimonio histórico y cultural no es nada sin personas que lo habitan y que lo viven día a día. Sin esto esta falto de todo sentido, del latido que le da vida y del soplo de aire fresco que necesita nuestro centro histórico. 

Lo mismo podemos decir de las personas que habitan en él, que tampoco serían nada sin el patrimonio cultural que ha nacido al calor de nuestra sociedad. Lo uno sin lo otro y lo otro sin lo uno dan el mismo resultado.
Un saludo...
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Los centros históricos son algo más que las postales habituales que todo el mundo conoce, gracias a la saturación publicitaria y propagandística de los medios oficiales. 
Yo siempre he pensado que hay algo más en Valencia que la Catedral, el Miguelete, el Mercado Central, la Lonja, las fallas... Hay otros elementos singulares, que no todo el mundo conoce y aprecia en el corazón, en el enorme y enfermo corazón de Valencia. 
Tampoco podemos olvidar que en las diversas poblaciones que conforman el actual tejido urbano de la capital del Turia, hay repartidos grandes monumentos rurales e industriales, así como espacios paisajísticos extraordinarios. Y todos esos elementos irrepetibles y únicos, que han pervivido milagrosamente al feroz desarrollo urbanístico de las últimas décadas, merecen la misma o mayor atención y consideración, que los archiconocidos iconos turísticos, que aparecen en los folletos oficiales a toda hora. 
También debemos hablar del valor, del gran valor que tienen las calles históricas, como la de Caballeros, la Paz, Navellos, Bolsería, Quart, del Mar, San Vicente... espacios urbanos que son y deben ser algo más que simples elementos turísticos, de carácter indudablemente comercial y de transito incesante de vehículos y personas... 
A mi entender, los centros históricos son y deben ser concebidos y sentidos como espacios para permitir el encuentro y vivir desde la serenidad y la calma. Los centros históricos deben y pueden ser concebidos como espacios propicios para sentir, para vivir en plenitud y dicha, tanto de forma individual o colectiva. Y para ello, todos tenemos que tener muy claro que los centros históricos no son parques temáticos ni museos. 
No se puede ni se debe convertir el centro histórico en un gran bazar o en un triste contenedor cultural. Ya hay numerosos espacios comerciales y zonas museísticas específicas en todas las grandes urbes, por ello no conviene que los grandes monumentos, las calles, plazas y jardines históricos se transformen en centros comerciales. Es preciso entender y aceptar, que los centros históricos son espacios singulares y muy humanos, y por tanto destinados a la vida, al encuentro, a contener la alegría de los niños que pueden jugar sin miedo en una plaza, en una calle peatonal... 
Tenemos que tener muy claro que los centros históricos no pueden ni deben ser concebidos como simples reclamos turísticos o espacios comerciales. Es un error intolerable, centralizar y concentrar toda la actividad institucional, comercial y cultural en el centro histórico.
Para recuperar nuestras raíces y reconocernos y sentirnos parte viva y activa de una comunidad, de un pueblo, de una nación... es urgente que los centros históricos, dispongan de programas públicos eficaces y destinados a lograr una total rehabilitación. También es vital que los espacios regenerados puedan y deban ser habitados por familias y ciudadanos que demuestren siempre, un alto grado de compromiso y respeto por la cultura, el entorno y la convivencia plural y abierta. 
Para lograr que los centros históricos sean espacios atractivos y se llenen de vida libre y no únicamente se inunden de restaurantes, hoteles, tiendas de moda, bares, oficinas y edificios institucionales... es fundamental mantener las actividades artesanales y comerciales, con sabor tradicional, patrocinando y estimulando la recolonización de los edificios rehabilitados con familias y personas que puedan disponer de colegios, ambulatorios, transportes... y todo tipo de servicios públicos de calidad. 
Hay que acabar definitivamente con los tópicos turísticos y las obsesiones de convertir todo en mercancía. Por eso conviene favorecer, desde la pasión y el rigor, un compromiso ciudadano que permita llenar de vida y alegría los centros históricos de nuestras ciudades. Lograr que la vida vuelva al corazón histórico de las ciudades, es uno de los grandes retos que deben asumir hoy nuestras instituciones, meros organismos obsesionados
De nosotros depende lograr que las ciudades y sus diversos centros históricos puedan volver a latir al mismo ritmo que el corazón de un niño feliz, de un niño que juega sin miedo en una plaza.
De nosotros depende hacer que nuestra ciudad forme parte inseparable de nuestro cuerpo, de nuestra alma.
Antonio Marín Segovia